La montaña sagrada. MªCruz Jiménez

El clamor social para que la Montaña Tindaya y su contexto natural y arqueológico sea protegido rebasa los límites del Archipiélago Canario. Un simple repaso de los diferentes tipos de manifestaciones que han venido haciéndose desde  todos los estratos sociales, para exigir su protección, es el mejor ejemplo que denota  que la esencia este movimiento trasciende a la Montaña y a todos sus valores paisajísticos, arqueológicos, religiosos y etnográficos que en ella se concentran, como iremos exponiendo a lo largo de esta página.

Tindaya y su entorno fueron protegidos, sí, en efecto: LA MONTAÑA (permítanme que la escriba con mayúsculas) lo fue en 1994, debido a sus relevantes características geológicas, con la categoría de Monumento Natural por la Ley de Espacios Naturales de Canarias; el Plan Insular de Ordenación de Fuerteventura, también vio la necesidad de su custodia legal por los valores de interés botánico y zoológico que alberga; y, parte de su patrimonio arqueológico, fue delimitado y protegido con la categoría de Zona Arqueológica en 2014, por la Ley 4/1999 de Patrimonio Histórico de Canarias.

Lo que ha ocurrido después, como toda la sociedad canaria conoce gracias a la lucha emprendida para su protección por el colectivo humano de todas las nacionalidades que exigen su protección, ha sido y sigue siendo un desatino de ilegalidades desencadenadas por afanes crematísticos de unos pocos que comenzaron con la extracción de las traquitas y que se incrementaron  después con la desafortunada llegada de Chillida a la Isla, donde no solo vio la posibilidad “de conseguir materializar el vacío”, sino que, además, también vio la posibilidad de capitalizar la explotación administrativa y turística que supondría la ejecución de su proyecto. Aspiraciones que, pese a que ya el artista no se encuentra entre nosotros, han sido heredadas por sus descendientes que han creído ver en la isla las “Manzanas de Oro que en un tiempo mítico Hércules vino a buscar la Jardín de las Hespérides”.

 

Para todo ser pensante es obvio que en algún momento de este proceso ha surgido la pregunta: ¿proteger Tindaya? ¿proteger cosas antiguas? ¿pero, ¿por qué?, si ya no nos sirven para nada…… si ya están en desuso…… ¿que nos puede aportar?.

Y la respuesta, afortunadamente, no la damos nosotros, los profesionales que estamos relacionados con el estudio de la naturaleza, de la prehistoria y la historia insular, pues podría entenderse como tendenciosa e interesada. La respuesta la encontramos en la esencia de la legislación Europea, Nacional y Autonómica que rige en nuestra sociedad ordenado los comportamientos humanos en relación a este tipo de bienes con el fin de lograr el bienestar material y psicológico de los individuos y de la sociedad del mundo occidental. Sorprendente ¿no?.

 

NO ME PROPONGO exponer aquí un listado de leyes y normas en vigor en torno a porque y el como deben protegerse los bienes que hemos heredado del pasado.

SI ES MI PROPÓSITO recordar la esencia y el porque de este tipo de Leyes dirigidas a esclarecer la razón de ser y la necesidad de proteger lo que se ha convenido en llamar “Patrimonio Histórico”.

 

El término “patrimonio” proviene de nuestra lengua madre latina, y significa “aquello que proviene de nuestros padres” o “bienes que una persona ha recibido de sus antepasados”. Esto ya lo sabemos todos, especialmente cuando accedemos a una herencia. Pero, lo mismo ocurre cuando esa herencia se sale de las reglas cotidianas, porque herencia, como vemos, está relacionado con los padres y los padres con una cadena interminable de ancestros y, de ellos, se han conservado en el tiempo modos de ser y de estar en la vida terrenal y, además, aquellos objetos o manifestaciones que debido a las materias primas en las que fueron hechos, así como por las condiciones ambientales en las que fueron abandonados, han podido sobrevivir y llegar a nuestro presente transmitiéndonos una valiosa información para conocer como fue ese pasado y explicarnos muchos porqués de nuestro presente.

 

Es en esta plataforma conceptual en la que se apoya el concepto legal de Patrimonio Histórico, referido a objetos, a modos de pensar o de comportarse, dando lugar a que se entienda que existe un patrimonio material y un patrimonio inmaterial que, en su esencia, pertenece a la colectividad o sociedad. Sí, ¡el patrimonio histórico nos pertenece a todos!; y es por esa razón que en la sociedad occidental este concepto se construyó como SEÑA DE IDENTIDAD. Y, como consecuencia, surgió la necesidad de proteger y conservar cuantos bienes materiales e inmateriales fueran testigos del paso de nuestros ancestros a través de lis tiempos hasta la actualidad.

Fue esta una primera visión que poco a poco ha ido transformándose, a la par que la ciencia también iba reconociendo el valor que el medio natural juega y ha venido jugando en la gestación de los comportamiento y mentalidades de los pueblos del planeta Tierra siendo hoy, por ello, mas frecuente que hablemos de Patricio Cultural por contener implícitas ambas realidades.

 

Puede extrañar que en este momento histórico en el que los valores materiales lideran las mayor parte de los denominados “proyectos de desarrollo” que se conciben desde cualquier centro de poder, tropiecen y permitan la existencia de esa legislación patrimonial que cercena sus intereses. ¡Su incomodidad es evidente en el Proyecto Tindaya! (véanse los arreglos y componendas que se han hecho a las delimitaciones realizadas en los citados decretos para su protección en vigor).

 

Pero, digo más, es la Propia Ley de Patrimonio Histórico Español, de la que bebe el resto de leyes autonómicas españolas, la que dice que:

 

“El Patrimonio Histórico Español es el principal testigo de la contribución histórica de los españoles a la civilización universal y de su capacidad creativa contemporánea. La protección y el enriquecimiento de los bienes que lo integran constituyen obligaciones fundamentales que vinculan a todos los poderes públicos, según el mandato que a los mismos dirige el artículo 46 de la norma constitucional.

 

Y añade:

“El Patrimonio Histórico Español es una riqueza colectiva que contiene las expresiones más dignas de aprecio en la aportación histórica de los españoles a la cultura universal. Su valor lo proporciona la estima que, como elemento de identidad cultural, merece a la sensibilidad de los ciudadanos, porque los bienes que lo integran se han convertido en patrimoniales debido exclusivamente a la acción social que cumplen, directamente derivada del aprecio con que los mismos ciudadanos los han ido revalorizando”

(Ley 16/1985, de 25 de junio, del Patrimonio Histórico Español. Preámbulo)

 

Solo nos queda entender de forma sencilla  lo que significa para nosotros el término identidad, para así no perdernos en interpretaciones filosóficas que nos alejen de su esencia y del fundamento del Patrimonio Cultural que, como dice la ley,  legalmente nos pertenece. Y, de nuevo recurrimos a su etimología, que no nos engaña. La voz procede de la raíz “identitas”, que significa “lo mismo”, es decir, algo que nos relaciona  a unos con otros o, por oposición,  nos diferencia de otros.

Un concepto que tiene una doble lectura, la que hacemos de forma individual delimitando nuestra forma de ser y de estar; y la que hacemos de forma colectiva que nos pone en contacto con la forma de ser y de estar colectivamente como sociedad e, inevitablemente, también nos relaciona con el medio natural o lugar en el que nos desenvolvemos al que, necesariamente, debemos adaptarnos. Imaginemos por un momento las posibilidades de supervivencia que tendríamos en nuestras islas si intentáramos comportarnos, vestirnos, alimentarnos y pensar como lo hace el pueblo esquimal, ¿sobreviviríamos?.

Es este un asunto apasionante en el que no podemos extendernos, pero en el que si es conveniente que nos paremos a reflexionar en algún momento de nuestra vida, porque no solo surgiría en nosotros el aprecio hacia nuestros antepasados, a la herencia  y sabiduría que nos dejaron sino que, también, comenzaríamos a valorarnos como entes sociales responsables de este legado que nos enseña como interactuar con la naturaleza y con la sociedad posibilitándonos sobrevivir física y espiritualmente;  estar por encima de la epidemia de fraccionamiento, división social y enfrentamientos que reinan en esta etapa en la que nos ha tocado vivir. Conocer y salvar nuestros valores identitarios ese es nuestro deber; me atrevería a decir, nuestra misión, pues es en esa plataforma en la que tendrán que apoyarse nuestros descendientes para conseguir la seguridad física y psicológica que les permita vivirse como personas libres que gozan de la necesaria calidad de vida material y espiritual que todo ser humano ansía tener.

 

La protección de Montaña Tindaya y de su entorno no es un hecho aislado, no estamos locos ni desfasados en nuestro deseo de protegerla como legado a futuras generaciones, basta echar una mirada en las redes sociales o a la bibliografía especializada  para conocer el elevado número de “Montañas Sagradas” protegidas en todo el mundo, con realidades similares a nuestra montaña y otras montañas de nuestro archipiélago que, desde los primeros momentos de nuestra historia fueron seleccionadas por sus valores físicos y espirituales como templos donde desde siempre han habitado los dioses.

MªCruz Jiménez

Profesora Titular de Prehistoria. Universidad de La Laguna.

 

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